Capítulo 10. Apacienta con tus palabras
«Los labios del justo apacientan a muchos; Mas los necios mueren por falta de entendimiento.»
(Proverbios 10 21)
En un mundo marcado por palabras vacías, hirientes y destructivas, los labios del justo se convierten en fuentes de vida. Sus palabras no sólo informan, sino que nutren, guían, y sanan. Son como el cayado del buen pastor, que reconduce al perdido, levanta al caído y consuela al que llora. Hablar con sabiduría es más que articular frases; es ministrar al alma con compasión y verdad.
Hoy en día, se teme al poder destructivo de las armas nucleares, capaces de borrar ciudades en segundos. Pero la Escritura nos recuerda que hay otro poder, más cercano y silencioso, que también puede construir o destruir: la lengua. Las palabras pueden levantar a generaciones o derribar naciones. La historia nos ofrece trágicos ejemplos de líderes cuyas palabras, envenenadas de odio, llevaron al mundo a guerras devastadoras.
El justo, en cambio, apacienta con su lengua. Su hablar es medicina, es dirección, es esperanza. Alimenta a los que están vacíos, alienta a los que están cansados y fortalece a los que han perdido el rumbo. Su lengua no hiere, guía. No condena, restaura. No divide, une. Es como un río que da vida a todo lo que toca.
Los necios, sin embargo, mueren por falta de entendimiento. Ignoran la sabiduría, desprecian la corrección y se rehúsan a ser enseñados. No sólo dejan de nutrir a otros, sino que ni siquiera logran sostenerse a sí mismos. Su caída es el eco de su necedad, y su silencio final, el resultado de haber rechazado la voz de la verdad.
Hoy, más que nunca, el mundo necesita personas que hablen con justicia, que apacienten con palabras de vida. Que nuestras bocas sean canales de bendición, y que nuestras lenguas guíen con humildad y sabiduría a los corazones sedientos. Que no seamos eco del ruido, sino voz de esperanza.