El enviado es el representante de quien lo envió. Quien recibe al insignificante a quien el Señor Jesús envió, recibe al Señor Jesús. Quien desprecia al insignificante a quien el Señor Jesús envió, desprecia también al Señor Jesús. Esa es la lógica del Reino de Dios.
Nadie es grande delante de Él. El arrogante trae la gloria para sí. ¿Cómo alguien podrá ver a Dios en la vida de ese? Anuncia sus propios méritos. Se llena la boca e infla el pecho, como si fuera algo. Piensa que es algo. Es visto como si fuera algo. Pero para el Señor, ¿cuál es la utilidad de un siervo que va en el nombre de sí mismo? Ninguna.
Por otra parte, quien asume su insignificancia, será honrado por Él, por permitir que Él sea visto. Cuando vean al insignificante, verán a Dios. Porque nadie tan insignificante sería capaz de hacer lo que él hace, de estar donde él está, de decir lo que él dice, si Dios no estuviera con él. Humanamente hablando, no tendría condiciones. Pequeño, despreciable, insignificante. ¿Cómo ese ciudadano está donde está? ¿Cómo hace las cosas que hace?
Dios escoge a los menores, a los pequeños valientes, dispuestos a ser escogidos para confundir al mundo y mostrar a su Dios, no a sus méritos.