Capítulo 3. Refugio temporal

Capítulo 3. Refugio temporal

“Las riquezas del rico son su ciudad fortificada; Y el desmayo de los pobres es su pobreza.”
(Proverbios 10:15)

Vivimos en un mundo que idolatra el dinero. Muchos creen que tener mucho equivale a estar a salvo. Uno de los mitos más difundidos es que el dinero da seguridad. Pero, ¿realmente puede ofrecernos protección duradera? La Biblia responde con claridad: no pongas tu esperanza en las riquezas, porque son inciertas y pasajeras.

El dinero puede ofrecernos comodidad, pero jamás tendrá el poder de librarnos de los verdaderos peligros. Puede comprar cosas temporales, pero nunca las eternas. Puede pagar una casa, pero no comprar un hogar. Puede llenar una mesa, pero no traer apetito ni gratitud. Puede adquirir medicamentos, pero no la salud ni la paz. Puede pagar por una compañía interesada, pero no por un amor verdadero. Puede costear un funeral, pero jamás conceder vida eterna.

Es cierto que el rico a menudo ve sus bienes como un muro de protección, una ciudad fortificada que lo aísla del sufrimiento. Pero cuando llegan las tormentas de la vida—la enfermedad, la muerte, el dolor, la traición—esa ciudad se desmorona como castillo de arena. El pobre, por su parte, ve su falta de recursos como una condena, pero en los días de prueba, ambos descubren que el dinero no hace diferencia cuando el alma clama por consuelo y esperanza.

Por eso, la Palabra nos exhorta: “Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas; mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová” (Jeremías 9:23-24).

El único refugio verdadero no se construye con oro ni se guarda en cuentas bancarias. Dios es nuestra Roca eterna, nuestro amparo seguro, nuestra ciudadela inexpugnable. Solo en Él hallamos paz que no se desvanece y seguridad que no se derrumba, ni en esta vida, ni en la eternidad.

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