Capítulo 8. Vigila la puerta de tus labios

Capítulo 8. Vigila la puerta de tus labios

«En las muchas palabras no falta pecado; mas el que refrena sus labios es prudente».
(Proverbios 10:19)

Quien habla mucho, se expone a muchas faltas. La Escritura es clara: hasta el necio, cuando calla, es contado por sabio. (Proverbios 17:28) También nos instruye: «Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse» (Santiago 1:19). Mucha transgresión hay cuando hablamos sin pensar, sin freno, sin medir nuestras palabras.

Dios no nos pide silencio absoluto, sino sabiduría en el hablar. Debemos decir la verdad, pero siempre con amor. La verdad es el contenido; el amor, la forma. La verdad sin amor hiere; el amor sin verdad engaña. Por eso, nuestras palabras deben ser oportunas, llenas de gracia y edificantes. Solo así serán bálsamo para quienes nos escuchan.

El necio habla de todo, todo el tiempo. Habla sin pensar, sin filtrar, sin considerar el efecto de sus palabras. Habla mucho, pero comunica poco. En cambio, el prudente refrena sus labios y aumenta su sabiduría. Habla poco, pero con propósito; calla para pensar y habla para edificar.

Recordemos que en la lengua hay poder de vida y de muerte. Una sola frase puede sanar una herida… o abrir una nueva. Con cada palabra, nutrimos o asfixiamos nuestras relaciones. Por eso, debemos hacer de nuestra lengua una fuente de vida, no un pozo de muerte; una medicina que consuela, no un veneno que destruye; un fuego que enciende esperanza, no ruina.

Que el Señor vigile la puerta de nuestros labios y purifique cada palabra antes de que salga de nuestra boca.

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